8 abril 2019

Una familia reunida en el VRAEM

Marcelina no sabe su edad exacta, los médicos estiman que tiene 34. Tampoco sabe su nombre de nacimiento. Fue secuestrada cuando tenía 13 años de edad y encontrada hace diez años por el ejército peruano en la región de Vraem, el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, en el sureste del Perú.

De niña se vio obligada a vivir con el grupo terrorista 'Sendero luminoso’, muy fuerte y activo en el país a finales de los años ochenta y principios de los noventa. Ahora, considerablemente reducidos, los últimos rezagos del grupo están dispersos y ocultos en las profundas selvas tropicales del país, especialmente en la región de Vraem. Esta área tiene un terreno accidentado que dificulta las intervenciones militares.

"Mis tíos me golpeaban, me amarraban, me salía sangre y abusaban de mí, " dice Marcelina. Así es como ella llama a los captores con los que vivió. La joven tuvo cinco hijos mientras vivió con ellos.

En el 2009, el ejército realizó un operativo en la zona y capturaron a muchos terroristas pero algunos escaparon. Marcelina y su hijo menor, Santiago*, también fueron detenidos. Ella fue acusada de complicidad y encarcelada en el Penal de Ayacucho, en el centro-sur de Perú. Sus otros cuatro hijos escaparon y no los ha visto desde entonces.

Marcelina habla sobre este momento de su vida con facilidad, aunque no menciona a sus otros hijos. "Creemos que es demasiado doloroso para ella", dice la trabajadora social de la Aldea Infantil SOS Ayacucho, Sadat Barboza.

Cuando Marcelina fue secuestrada, no sabía nada del mundo exterior, no sabía leer ni escribir, y tampoco sabía qué era el dinero.

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Marcelina encuentra fuerza

Santiago vivió con Marcelina en prisión por sólo dos meses y se unió a la Aldea Infantil SOS de Ayacucho tras cumplir tres años, el límite de edad para permanecer en prisión con su madre. Cuando llegó a su hogar SOS, sufría de desnutrición crónica y tenía problemas de socialización.

"Santiago era muy tímido, no jugaba con otros niños y se escondía constantemente. Después de un tiempo, se adaptó muy bien, " dice Patricia, su cuidadora SOS.

El equipo de aldeas estaba muy comprometido en conservar la relación entre Santiago y Marcelina, y organizaban frecuentes visitas a la prisión para poder verse entre sí. Mientras tanto, el Comité Internacional de la Cruz Roja trabajó en el aspecto legal del caso para probar que Marcelina fue una víctima. Después de dos años, fue demostrada su inocencia y salió libre.

Debido a sus raíces Asháninkas, Marcelina regresó con un familiar a la selva al este de Ayacucho, en la región de Vraem, donde se pueden encontrar algunas de estas comunidades nativas. Allí conoció a su esposo Vicma, de 23 años, hijo del líder de la comunidad nativa Otari. Junto a él, Marcelina encontró motivación para comenzar una nueva vida.

"Un día Vicma me dijo: 'Vamos a recuperar a tu hijo'. Y lo hicimos. Vio que estaba triste y me ayudó."

El proceso de reintegración fue minucioso. Después de que Marcelina y Vicma visitaron la Aldea Infantil SOS de Ayacucho, Santiago fue a quedarse con ellos durante las vacaciones escolares y Patricia y Sadat se quedaron en la ciudad cercana.

"Al principio no quería ir, pero las visitas a la comunidad fueron muy útiles. Una vez allí, empezó a gustarle la idea", dice Patricia. La trabajadora social agrega que Vicma jugó un papel muy importante en este proceso; ellos pasaron tiempo juntos y él le enseñó a pescar y a hacer flechas, actividades típicas de la cultura Asháninka.

La cultura Asháninka

Asháninka significa "gente" o "paisano" en el idioma Asháninka. Este es el grupo indígena más grande en la Amazonía peruana pero representa menos del 1% de la población peruana. También son uno de los grupos más vulnerables del país. En algunas de estas comunidades la desnutrición crónica infantil alcanza el 82%.

Históricamente, este grupo fue uno de los más afectados por la violencia política. Se estima que durante los años ochenta y noventa, unos 10 mil Asháninkas fueron desplazados a la fuerza, seis mil fueron asesinados y cinco mil fueron capturados por grupos terroristas. Se calcula que entre treinta y cuarenta comunidades Asháninka desaparecieron.

La comunidad indígena de Otari está rodeada por montañas frondosas típicas de la selva alta, es un poblado pequeño y disperso, con casas hechas de madera y paja. Con un área de reunión común en el medio, la casa típica asháninka tiene dos bloques o habitaciones: kaapa, reconocida como la casa masculina, es la casa de huéspedes. Mientras que intomoe es donde vive la familia nuclear, donde duermen y cocinan; la casa femenina. Pero en el hogar de Vicma hay una tercera casa que él preparó especialmente, la habitación de Santiago.

Aunque es un proceso delicado pasar de vivir en la ciudad a una comunidad rural, el equipo de Aldeas sabía que lo mejor para Santiago era vivir y crecer con su familia de origen. Vicma y Marcelina estaban listos y, lo más importante, dispuestas a recibirlo. Han pasado cuatro años desde que el niño se mudó permanentemente a Otari.

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Viendo la vida con optimismo

Hoy la familia lleva una vida humilde pero feliz. Santiago tiene doce años y al igual que el resto de su familia, utiliza la cushma, típica túnica naranja de los asháninka y la pintura roja en el rostro como bloqueador solar natural (proveniente de la planta Achote).

Aún es un niño tranquilo, le encanta pescar y jugar con sus amigos. El niño sobresale en la escuela por su buen rendimiento académico; Sadat dice que algún día podría solicitar una beca para ir a la universidad. Su materia favorita son las matemáticas.

"No sé nada y no me gusta. Quiero que Santiago sea diferente a mí, que estudie y que le vaya bien", dice Marcelina.

Vicma cría a Santiago como si fuera su hijo, van a pescar juntos y con orgullo dice que es un niño muy inteligente. "Hasta a veces corrige mis cálculos cuando estamos en la ciudad haciendo compras", dice riéndose.

La familia tiene una pequeña granja donde cultivan cacao, hoja de coca y plátano. Vicma y Marcelina tienen dos hijos, Mari (4) y Pablo (3).

Los trabajadores sociales de Aldeas Infantiles SOS los visitan cada dos meses, la región está lejos y no es de fácil acceso.

“Cuando viene la señorita Sadat, nos pregunta cómo estamos, cómo esta Santiago y nos guían. También vamos a los talleres que hacen en Pichari”. Explica que allí hablan de nutrición, interactúan con otros padres y se relajan, mientras mueve su cuello en círculos para imitar un ejercicio de relajación que aprendió.

Hoy Marcelina se siente bien y ve la vida con optimismo. "Ahora me río y soy positiva pues, como dice Sadat. Ahora soy una buena madre, soy humilde."

Santiago visita a su familia SOS durante las vacaciones escolares.

* Se cambiaron los nombres de los menores para proteger su privacidad

 

 

Alejandra Kaiser

Corresponsal en América Latina para Aldeas Infantiles SOS