febrero 9 2021

¿Cuál es el límite entre la disciplina y la violencia?

Para que haya espacios para la disciplina, antes deben haberse establecido normas. Las normas son pautas que ponen los adultos para crear un espacio seguro de convivencia que proteja no solo a las niñas, niños o adolescentes, sino a todos los integrantes del hogar.

Las normas posibilitan un espacio seguro y libre de violencia en las familias para que todos los que viven en ellas puedan desarrollarse plenamente. Pero para que las normas garanticen la protección, las normas no solo deben ser cumplidas por las niñas y niños, sino también por los adultos: la mejor manera de enseñar es a través del ejemplo.

Cuando se establece una pauta de disciplina con un niño o niña hay que ayudarle a ver y comprender las consecuencias naturales de no respetar las reglas. Por ejemplo, si un niño trata mal a otro, esto de forma natural produce que el otro niño se enfade y se sienta dolido. Ayudar al niño o niña a ver ese proceso es parte fundamental de la educación. Y cuando el adulto elige intervenir para disciplinar, ha de buscar acciones que sigan estas cinco “R”:

1. Relacionadas: la acción disciplinaria siempre estará relacionada con la conducta del niño, niña o adolescente.

2. Respetuosas: ninguna acción implicará nunca humillación, culpa o acusación.

3. Razonables: acciones que sean siempre comprensibles para el niño, niña o adolescente.

4. Reparadoras: acciones que tengan como objetivo la reparación del daño causado y la búsqueda de solución al problema.

5. Realistas: debe ser esperable que el niño, niña o adolescente pueda realizar la reparación que se le pide. Si no está bien ajustada y no llega a realizarla, habremos generado más frustración y resentimiento hacia nosotros.

¿Cómo intervenir respetando las cinco “R”?

Por ejemplo, cuando una niña está insultando, podemos poner límites con afecto y firmeza al mismo tiempo:

“*Tienes todo el derecho a estar enfadada, ¡claro que sí!, pero al mismo tiempo en esta casa queremos respetarnos todos y no voy a permitir que insultes a tu hermana, nos vamos ahora tú y yo al cuarto para que puedas calmarte”.

Cuando se haya calmado después del “tiempo fuera”, deben conversar sobre lo ocurrido:

“Hace un momento insultaste a tu hermana, ¿qué paso? Entiendo que te haya molestado algo que hizo, pero recuerda que **en esta familia no están permitidas las agresiones. ¿Qué puedes hacer para mostrar tu enojo sin agredir ni insultar? Tu hermana se ha sentido mal, ***¿Qué podemos hacer para que se sienta mejor?

* Acción relacionada y respetuosa.

** Refuerzas la norma previamente establecida.

** Promueves la reparación del daño. 

De entre todas las acciones que un adulto puede tomar en el proceso educativo, algunas de ellas son los castigos. Un castigo es una decisión que tomamos los adultos, en principio con la intención educativa de provocar la consciencia en el niño, niña o adolescente sobre su error o conducta que se considera inadecuada.

De entre los posibles castigos que un adulto puede usar, hay castigos violentos y castigos que no lo son. Por ejemplo, un castigo violento es pegar, insultar o humillar a un niño delante de otros. Un castigo no violento podría ser hacerle limpiar algo que ha manchado, dejarle sin salir un día con sus amigos o dejarle sin ver la televisión una tarde.

Los límites que no debemos cruzar

Un castigo violento es aquel castigo en el que empleamos violencia física, verbal o emocional, dañando física o emocionalmente al niño, niña o adolescente desde la creencia errónea de estar educando.

Los castigos violentos representan una vulneración de los derechos del niño y una forma lamentablemente legal y socialmente aceptada de violencia contra los niños, niñas y adolescentes.

Educar no solo NO justifica el uso de la violencia sino que nos obliga, si queremos ser coherentes, a rechazarla. Gritar, humillar, pegar, son formas de violencia, tanto si se ejercen contra un adulto como si se ejercen contra un niño.

Estos son algunos límites que debes respetar siempre a la hora de disciplinar:

  • Cuestionar siempre las conductas del niño, niña o adolescente, no su persona o sus sentimientos. Decir a un niño: “Lo que has hecho está mal” en vez de “Eres malo”. O decirle “No me gusta cuando hacéis esto” en vez de “Me avergüenzo de ti”.
  • No amenazar nunca con abandonar a un niño cuando consideramos que se porta mal. Por ejemplo, amenazarle con dejarle en la calle, o cerrarle la puerta de la casa.
  • No hacerles sentir malos o culpables de lo que han hecho, han cometido un error del que pueden aprender y que pueden cambiar. Y si han hecho daño, han de encontrar la forma de repararlo. Por ejemplo, siempre evitaremos mensajes como “Eres un torpe, siempre rompes todo”.
  • No hay ninguna excusa que justifique pegar, ni las cachetadas, ni los azotes. Nunca.
  • No condicionar las necesidades básicas al buen comportamiento: nunca se castiga sin comer o sin dormir.

Si cruzamos estos límites vulneramos sus derechos, dañamos el vínculo afectivo que nos une a ellos y les enseñamos desde nuestras propias limitaciones a legitimar la violencia como una forma de resolver los conflictos.

Cuando utilizas la violencia como método de disciplina no has sido firme, has perdido el control de tu conducta y tus propias emociones.

Fuente: Afecto, límites y consciencia. La disciplina positiva en los Programas de Aldeas Infantiles SOS (2020)