Nº 012 / 2007

 

CUANDO LA TIERRA TIEMBLA

 

Fueron dos sismos, de magnitud cercana a los 8 grados de intensidad, que afectaron el sur del Perú, particularmente las ciudades de Ica, Pisco, Chincha y Cañete. Con un nombre que designa a una forma líquida de la nacionalidad, Pisco ha sido punto emblemático del Perú y principal afectado de esta tragedia. Con un trasfondo del tiempo que impedirá que se pierda entre los escombros, su

historia irá más allá de la leyenda de San Martín y su sueño con las pariguanas que le dieron la idea de la bandera blanca y roja.. Las calles donde el célebre poeta Valdelomar caminara, para luego dejar escrito: “En el puerto yo lo amaba todo y todo lo recuerdo porque allí era todo bello y memorable” hoy yace en escombros. La parroquia de San Clemente, ubicada en la Plaza Mayor de Pisco, que sepultara a sus fieles en plena eucaristía luce, el jueves por la noche, totalmente a oscuras. A un costado de la Plaza Mayor se agrupan una tras otras las bolsas negras que contienen los cadáveres que son rescatados de entre los escombros de la ciudad devastada. La ciudad tiene un olor especial, es el presagio del comienzo de un sufrimiento intenso que aún está por venir.

 

A la Plaza de Pisco hemos arribado a las 9:14 p.m., el viaje no ha sido fácil, Salvador Cebrián, director nacional de Aldeas Infantiles SOS Perú, ha bajado del carro, no puede creer lo que sus ojos le muestran. “Esto es mucho más grave de lo que imaginábamos”, dice y en su rostro se conjugan el cansancio del viaje, la sorpresa ante tamaño desastre, la tristeza, la impotencia. “Todo está en ruinas” reafirma. La ciudad yace a oscuras, pero lo oscuro no es solo por la falta de electricidad, es la muerte que ha tendido una sombra espesa sobre los escombros. Las bolsas negras aumentan a cada momento, las bolsas pequeñas inquietan, los niños muertos siempre duelen el doble.

Un padre pregunta por su pequeño: “Ha ido a Internet, seguro ha corrido hacia la chacra, por favor ayúdenme a encontrarlo, se llama Jorge Luis” clama a un grupo de periodistas. Una foto de primera comunión rescatada de entre los escombros circula entre la gente de prensa, las cámaras capturan la imagen del padre y del niño. Dos horas después, luego de un triste recorrido entre carpas, gente durmiendo en el piso, fogatas que no logran aplacar el frío, volvemos a encontrar a ese padre, entre las bolsas negras, cogiendo sin lágrimas una manito blanca y llena de tierra. No se puede seguir. La muerte duele y es el dolor de los familiares el que más golpea.

En la Plaza Mayor han instalado un grupo electrógeno que ayuda a bomberos y rescatistas a remover los escombros. Salvador busca incansablemente alguna autoridad con quien contactar la ayuda que se viene preparando en Lima. “El Alcalde ha viajado, han muerto familiares suyos” le contestan. Salvador no cede en su intento y consulta a un médico de una de las tantas carpas que se han tendido sobre el cielo estrellado de Pisco. “Nos puede ayudar trasladando los cadáveres, son muchos y ya no tenemos carros”. Vemos desconsolados al facultativo, nuestro objetivo son los niños, esos que están dormidos sobre el pavimento, en las faldas de sus madres, los que están solos, los que no tienen que comer.

La ayuda llega de a pocos, como las luces del alba, en una tierra que no ha cesado de temblar. La gente pide abrigo, medicinas, techo, principalmente para los lugares más alejados, como el Centro Poblado “Las Palmeras”, donde una vasta población infantil pernocta en las plazas, con el temor constante de que “el castigo” se repita. “Allí nos dirigiremos” afirma Salvador, quien teléfono en mano no ha dejado de coordinar con la capital la llegada del contingente de ayuda. Una mujer lo toma del brazo y le dice: “Ayúdenos, nuestros niños no tienen agua, ni leche, no hay pañales, estamos a la intemperie. El terremoto nos dejó con la ropa puesta y ahora no podemos ni siquiera vestirnos de negro para enterrar nuestros muertos”, el dolor se duplica y la impotencia cobra vida, tal vez mañana la gente pueda calmar la sed después de dos días.

Los camiones y grupos de colaboradores ya están en camino, cuando entre lamentos de heridos y gemidos de deudos se escucha el llanto de un niño que acaba de nacer, es viernes y nuevamente va a llegar la noche. Sus padres aún no se reponen del susto y de la pena por los muertos, pero ya sonríen. Es la señal perfecta de un pueblo, que cual ave fénix, se levantará entre las cenizas y volverá a emerger. La historia no se puede detener.

¡Seguimos creciendo!

 

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Responsable de Contenido: Lic. Salvador Cebrián - Director Nacional
Responsable de Edición: Sainot Gallegos - Asistente de Comunicaciones

Este es un medio informativo para las y los colaboradores de Aldeas Infantiles SOS Perú